Mantenimiento preventivo vs. correctivo en cámaras frigoríficas: ¿qué conviene más?

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El buen funcionamiento de una cámara frigorífica no es un capricho ni una cuestión que se pueda dejar al azar. Cuando se trata de conservar alimentos, productos farmacéuticos o cualquier material sensible a la temperatura, cualquier pequeño fallo puede acabar convirtiéndose en un problema bastante más grande. Y es que mantener una cámara en condiciones óptimas no tiene únicamente que ver con evitar que se estropee, sino con garantizar que cada pieza del engranaje funcione como debe para evitar sustos que afecten a la actividad diaria.

Por qué el mantenimiento importa más de lo que parece.

Aunque a veces se tienda a pensar que una cámara frigorífica puede seguir funcionando sin apenas tocarla durante años, lo cierto es que estas máquinas trabajan a diario bajo condiciones muy concretas. Piensa en compresores que no pueden parar, sistemas de ventilación que regulan la temperatura constantemente, sondas que miden con precisión el frío interior, puertas que abren y cierran cientos de veces al día… Todo esto genera desgaste. Y si no se revisa con cierta frecuencia, tarde o temprano aparece el fallo.

Hay negocios que dependen totalmente de que sus cámaras funcionen sin interrupciones. Supermercados, restaurantes, pescaderías, panaderías, clínicas veterinarias, laboratorios… En todos ellos, un fallo inesperado puede suponer tanto pérdidas económicas importantes como problemas legales. Por eso el debate entre hacer un mantenimiento preventivo o dejarlo todo al correctivo sigue más vivo que nunca.

Mantenimiento correctivo: reaccionar cuando el problema ya está encima.

Este tipo de mantenimiento parte de una premisa sencilla: intervenir solo cuando algo falla. Es decir, no se toca la cámara frigorífica hasta que deja de funcionar o aparece una avería evidente. Puede parecer la opción más barata a corto plazo, ya que no se invierte nada en revisiones ni piezas hasta que realmente es necesario. Pero es precisamente esa aparente ventaja la que puede volverse en contra.

Cuando se espera a que algo falle, el momento y las circunstancias no suelen ser los más adecuados. Imagina que la avería se produce un sábado por la noche, en pleno servicio de un restaurante, o justo antes de un puente festivo, con toda la mercancía almacenada dentro. El técnico puede tardar más de lo normal en llegar, la pieza a cambiar puede no estar disponible en el momento, y mientras tanto los productos almacenados empiezan a deteriorarse. El precio final no será solo el de la reparación, aumentará también con las pérdidas derivadas del parón, el producto echado a perder y el tiempo invertido en recomponer la situación.

Además, cuando se trabaja solo desde lo correctivo, las reparaciones tienden a ser más urgentes, más caras y más complejas. A veces el fallo afecta a varias partes de la instalación, y el deterioro se ha ido extendiendo sin que nadie lo detectara a tiempo. En esos casos, la solución no pasa por cambiar una pieza puntual, hay que revisar el sistema entero, lo cual puede suponer días de inactividad.

Mantenimiento preventivo: anticiparse para evitar sorpresas.

Este enfoque se basa en programar revisiones periódicas y realizar ajustes, limpiezas o sustituciones antes de que aparezca el fallo. Es decir, se actúa de forma planificada con el objetivo de alargar la vida útil de la instalación y evitar interrupciones en el servicio.

La idea no es complicarse la vida, sino lo contrario: hacer más llevadero el día a día, sabiendo que la cámara está en condiciones y que se minimiza el riesgo de que algo grave ocurra de forma inesperada. Es como ir al dentista para una revisión antes de que aparezca el dolor de muelas. Puede que no sea lo más urgente, pero sí lo más sensato.

Uno de los mayores beneficios del mantenimiento preventivo es que permite detectar pequeñas anomalías antes de que se conviertan en averías. Vibraciones inusuales, acumulación de escarcha en zonas no deseadas, fugas leves de gas, ruidos que no estaban antes… Todo eso puede parecer inofensivo en un principio, pero si se deja pasar, acaba afectando al rendimiento global del sistema.

Otro punto interesante es que este tipo de mantenimiento permite planificar las intervenciones. No hay urgencias, no hay improvisación. Se pueden elegir los momentos en los que el negocio tiene menos actividad para que el técnico revise, limpie, lubrique o ajuste lo que sea necesario. Y si hay que cambiar una pieza, se hace sin presión, con tiempo para pedir repuestos y sin afectar a la rutina habitual del local.

Consecuencias prácticas que no siempre se ven a primera vista.

Una cámara frigorífica que se revisa periódicamente consume menos energía, enfría de forma más estable y mantiene los alimentos en condiciones óptimas durante más tiempo. Esto tiene una serie de consecuencias que pueden pasar desapercibidas, pero que a la larga se notan bastante.

Por ejemplo, cuando las bobinas del evaporador están sucias o el ventilador no gira correctamente, la máquina necesita más esfuerzo para alcanzar la temperatura programada. Eso se traduce en un aumento en el consumo eléctrico y, en muchos casos, en una sobrecarga del compresor, que termina desgastándose antes de lo previsto.

También hay que tener en cuenta las implicaciones legales y sanitarias. Una cámara mal mantenida puede generar condensaciones, acumulación de hielo o zonas con temperatura inadecuada, lo que supone un riesgo directo para la seguridad alimentaria. En una inspección, estas deficiencias pueden acarrear sanciones o incluso el cierre temporal del negocio.

Desde Mayfriho recuerdan que muchas de las incidencias que sus técnicos encuentran en campo podrían haberse evitado con una simple revisión programada. Y es que muchas averías no surgen por un fallo puntual, sino por la suma de pequeños descuidos que acaban pasando factura. La prevención, más que una estrategia, es una forma de trabajar.

Errores comunes que acaban afectando a todo el sistema.

Uno de los errores más frecuentes es pensar que el mantenimiento consiste solo en limpiar los filtros y ya está. Aunque esa parte es importante, no es la única. El sistema frigorífico está compuesto por varios elementos que interactúan entre sí, y si uno no funciona bien, afecta a los demás.

A veces se producen condensaciones por un mal cierre de la puerta, o por una goma que ha perdido estanqueidad. Otras veces, el termostato no lee bien la temperatura porque está cubierto de hielo. Incluso hay ocasiones en las que se producen microcortes eléctricos que desconfiguran el sistema sin que nadie se entere.

Otro fallo habitual es dejar el control del mantenimiento en manos de personas que no están formadas para ello. Cambiar un parámetro sin saber lo que se está haciendo puede generar un efecto en cadena. Por eso es fundamental que las revisiones las realice personal cualificado, que sepa interpretar las señales que da la máquina y actúe en consecuencia.

La clave está en los hábitos: qué hacer y cuándo.

Un plan básico de mantenimiento preventivo para una cámara frigorífica no tiene por qué ser complicado. Se pueden establecer rutinas según la intensidad de uso y el tipo de producto que se almacene. Por ejemplo:

  • Comprobación semanal del estado de las juntas de las puertas, para evitar fugas de aire frío.
  • Limpieza mensual de filtros, rejillas de ventilación y bandejas de condensación.
  • Revisión trimestral del sistema de drenaje y del nivel de gas refrigerante.
  • Inspección semestral del estado del compresor, ventiladores, termostatos y conexiones eléctricas.
  • Auditoría anual más completa, que incluya el registro de temperaturas, calibración de sondas y chequeo general del sistema.

Con estas pautas, cualquier negocio puede reducir notablemente la posibilidad de averías imprevistas. Además, llevar un pequeño registro de cada revisión ayuda a tener una visión global del estado del equipo, algo muy útil si en algún momento se necesita justificar el buen mantenimiento de la instalación ante una inspección o una auditoría.

La falsa sensación de ahorro del correctivo.

Algunos negocios evitan contratar un mantenimiento preventivo porque lo consideran un gasto innecesario. Prefieren pagar solo cuando hay una avería, con la idea de que así se ahorran dinero. Sin embargo, esa visión no suele sostenerse en el tiempo.

Una reparación urgente puede costar mucho más que varias revisiones rutinarias. Además, si la avería genera una parada de actividad, la pérdida de ingresos por no poder operar ese día puede superar con creces cualquier gasto que implique el mantenimiento. Ni hablar de si se pierde mercancía que debe tirarse por romper la cadena de frío.

Hay que tener en cuenta también que un fallo grave puede acortar la vida útil de la cámara, lo que obliga a invertir en una nueva instalación antes de lo esperado. Cambiar una cámara completa no es precisamente barato, y menos si la decisión se toma a contrarreloj.

Cómo afrontar el mantenimiento desde una perspectiva realista.

Lo mejor en estos casos es buscar soluciones que se adapten al volumen de trabajo y a las necesidades del negocio. No todos los establecimientos necesitan la misma frecuencia de revisiones ni el mismo nivel de intervención. Un pequeño obrador artesanal que trabaja con cámaras pocas horas al día no tiene el mismo ritmo que una gran cocina industrial o una cadena de supermercados.

Lo importante es contar con un sistema que permita anticiparse a los problemas. Para ello, lo ideal es que el proveedor de equipamiento pueda también ofrecer un servicio técnico con experiencia, que conozca las particularidades del equipo instalado y pueda actuar de forma preventiva, adaptándose a la actividad del cliente. Esa relación técnica-comercial a medio plazo suele traducirse en una mejor conservación del equipo y en una mayor tranquilidad para el negocio.

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